¿Suerte o corresponsabilidad?
Tener suerte es encontrar un trébol de cuatro hojas. Tener suerte es que te toque el premio en un rasca y gana. Tener suerte es superar un cruce antes de que el semáforo se ponga rojo.
Cuando desde fuera del matrimonio, se escuchan expresiones: “que suerte de marido tienes”, o “qué suerte de mujer tienes”, muchas veces es porque se compara con una generación anterior en dónde la convivencia se expresaba y enseñaba de forma diferente.
Con respecto a la mujer tenía un rol más familiar y dependiente del marido, si bien podría decirse que aparentaba más subordinación hacia su marido.
Con respecto al hombre tenía un rol de más autoritarismo, en el aspecto de esposo como de padre.
Pero aún hoy en pleno siglo XXI, cuando una esposa habla con sus amigas y les dice que su marido “realiza la compra todas las necesidades básicas en el súper, incluida si es preciso, compresas y tampones, hace la colada y la plancha de toda la familia, hace la comida y cena, se encarga de los niños, etc- La palabra que suele salir de la boca de sus amigas es: “¡Anda!», «¡Qué suerte tienes! Ojalá mi marido hiciera eso».
Esta esposa que tiene ese rol de marido, seguro se queda pensando y podríamos escuchar esos pensamientos cuando dicen: Traducción: lo siento por ti si te pasas horas cocinando, haciendo la colada y rascando en el retrete mientras tu pareja está en el sofá viendo el fútbol o jugando a los videojuegos. No es mi intención restregarte por la cara que en mi casa nos dividimos las tareas.
Esta esposa sigue en silencio ante sus amigas, porque no puede estar de acuerdo con ellas, pues su pensamiento es que cree que no cree que sea afortunada, para nada, y estas son las razones que expone a sus amigas, por lo que no lo cree:
1. El cuidado de nuestros hijos es nuestro trabajo, no sólo mi trabajo. Ambos decidimos formar una familia. Decidimos hacer esto juntos. Criar a nuestros hijos no es un trabajo en el cual tengo suerte si me ayudas. Nosotros somos sus padres. Los dos cambiamos pañales, leemos cuentos, los llevamos al parque, les damos abrazos y besos. Eres un padre, como yo soy una madre.
2. Yo le elegí como mi marido, no fue cosa de suerte. Nadie me obligó a casarme con el que es mi marido. Elegí estar con él por ser quien es, a pesar de su carácter. Tome la decisión usando mi cerebro. No hay manera en la que yo hubiera elegido a un hombre que no cree en la igualdad entre hombres y mujeres y que cree que el cuidado de los niños y de todas las demás cosas sea solamente de la mujer. No hay forma de que yo tuviera interés en un hombre que no jugara un papel diferente.
3. Decir que tengo suerte, también sugiere que todas las mujeres debemos de soportar mucho y no tener ningún control sobre nuestra vida amorosa. ¿Entonces yo soy una afortunada y vosotras no? ¿Conseguí un hombre bueno y vosotras no? Bien, no realmente. Si hubiera esperado al marido perfecto, estaría sola o casi sola, y quizá no sería feliz. Si él no estuviera dispuesto a trabajar en equipo, probablemente yo lo abandonaría. No se trata de suerte, y que vosotras seáis unas desafortunadas. Todas podéis elegir a un marido como yo lo he hecho.
4. No es la ‘suerte’ lo que ha cambiado la forma en la que vemos el papel de los padres en los últimos años. Se trata de un cambio social y un trabajo duro el que trajo este cambio. Son las mujeres y los hombres que hablan sobre este tema lo que lo ha provocado. Ahora vemos a los padres como algo más que un apoyo para disciplinar. No es sólo cuestión de suerte. Es que hemos tratado de desafiar las viejas ideas para vivir de manera diferente.
5. No soy yo quien tiene suerte, son mis hijos. Mis hijos no tienen el control sobre quiénes son sus padres. Ellos no tienen control sobre los dos adultos que viven en su casa y realizan todas las tareas. No pueden decir si lo que reciben es suficientemente bueno o no. Tampoco pueden decidir si no están contentos con lo que tienen y hacer algo al respecto. Son ellos quiénes son afortunados, no yo.
Nuestro entendimiento no surgió de forma automática. Ha sido complicado de alcanzar. Ahora pido, pero durante muchos años tuve que exigir.
Durante gran parte de nuestros primeros años casados, yo compaginaba varios trabajos. Soy la que más dinero aporta a la economía familiar, superado al de mi marido durante todos los años que llevamos casados. Incluso sigo haciendo las tareas del hogar: hacer la comida, la limpieza y recoger sus calcetines sucios del suelo del salón… que te voy a contar que tú no sepas a estas alturas de tu matrimonio.
Mi marido fue criado por una madre que se dedicaba al cuidado del hogar y por un padre al que le gustaba que las cosas fueran así, mi marido no sabía demasiado sobre tareas domésticas cuando nos casamos y aún menos sobre cocinar.
El nacimiento de nuestra hija fue la gota que colmó el vaso. Lloraba, hacía caca, me agarraba usando sus dedos como tenazas, pidiéndome que la cogiera en brazos en todo momento.
Cuanto más alto lloraba, más elevaba yo la voz. Por favor, vacía el lavavajillas. Por favor, dale vueltas a la salsa de queso. Por favor, haz la salsa de queso. Por favor, no me hagas pedirlo por favor.
En esos primeros días como madre, adopté una estrategia pasivo-agresiva: ignoraba las torres de platos que había en el fregadero o la montaña de ropa sucia tirada en el suelo del baño y le dedicaba más y más silencios a medida que pasaban los días y él seguía sin limpiar ninguna de las dos cosas mientras el bebé seguía creando más montañas de ambas. Mi marido me preguntaba si pasaba algo y yo le gruñía «nada» o «no me apetece hablar de ello».
Lo que de verdad quería decir era «Sí que pasa. ¿Por qué no eres capaz de ver que necesito ayuda?».
Lo que él oía eran portazos para indicarle que no quería que entrara. No podía leerme la mente. No sabía lo mucho que deseaba que pusiera una lavadora o que metiera los platos al lavavajillas.
Sus intentos de arreglar la situación eran torpes pero bienintencionados: cuando volvía de la compra me traía bolsas de mis chuches favoritas para animarme, me llamaba para preguntarme si quería que trajera pizza para cenar. Estos intentos derretían mi gélida actitud y lograban que me ocupara de los platos, de la colada y de pasar el plumero y la aspiradora. Pero la casa volvía a ponerse patas arriba de nuevo y el ciclo volvía a repetirse.
Tras 18 años casados, nuestro matrimonio sigue siendo imperfecto, pero seguimos queriéndonos y aprendiendo.
Y aun así no soy más afortunada que los cientos de miles de hombres cuyas esposas llegan a casa tras largos días de duro trabajo remunerado solo para colgar el abrigo y arremangarse para terminar las tareas domésticas, algo que en la actualidad sigue siendo lo que se espera de las personas de su sexo.
No soy afortunada. Soy igual.
Para nuestra hija, que se ha criado en un hogar en el que mamá tiene tres trabajos y papá uno, esto es lo normal. Mamá puede pasarse la tarde en casa trabajando o preparando trabajos para sus alumnos, mientras papá pasa la fregona por el comedor y prepara una lasaña en el horno. Mamá puede pasar la tarde del domingo en el sofá, libro en mano, exhausta después de cinco duros días de trabajo, mientras papá está pendiente de las demás cosas.
Mi hija ve a unos padres que han acordado una carga de trabajo equitativa. Eso es estupendo, pero no se trata de tener suerte.
Decir que tengo suerte de que mi marido de cuarenta y pico años sea capaz de hacerse la cena, colgar su toalla en el toallero y llamar para preguntar si puede ir a recoger a la pequeña del entrenamiento de fútbol cuando sale pronto del trabajo hace que parezca que este adulto es la prueba de que me ha tocado el premio de la bolsa de cereales de la vida.
Pero no tiene nada que ver con la suerte abrir la caja de cereales por la mañana y que haya cereales dentro. El problema es abrir la caja y que no haya nada de nada.
“Hasta que no nos quitemos de la cabeza el modelo del “marido que ayuda a su mujer en casa” no cambiarán mucho las cosas”
La corresponsabilidad es una de las claves más importantes para alcanzar la conciliación real. Hacer equipo con la pareja y también con el resto de miembros de la familia si los hay es la única manera de romper la desigualdad existente.
Es cierto que hemos avanzado y que los hombres participan más que en la anterior generación pero las tareas que desarrollan son aquellas físicas, previsibles y no simultáneas, que tienen un inicio y un fin, lo que supone una ejecución más concreta y con menor carga psicológica.
Las mujeres por el contrario son las principales responsables de las tareas invisibles que son las tareas de planificación y organización son las menos visibles debido a sus características:
– Son tareas mentales, no de ejecución.
– Es difícil medir y cuantificar el tiempo dedicado a cada tarea.
– Se realizan de forma simultánea a otras actividades.
– La gestión de estas tareas es una fuente de estrés importante, es lo que se llama carga mental.
Cuando se intenta crear esa corresponsabilidad hay algunas jugarretas muy interesantes.
A vosotras os cuesta soltar el control, porque si hasta ahora habéis funcionado así, esta es la forma que conocéis y hacer un cambio cuesta. Pero a veces no delegáis porque sentís que no podéis hacerlo, porque no os fiais.
Y a veces con razón, porque hay señores “muy listos” que saben que la mejor forma de evitar hacer algo es hacerlo mal, así la próxima vez no me pedirán que lo haga. Si friego mal los platos, por poner un ejemplo, al final se cansará y dejará de pedirme que lo haga: “mira, deja, ya lo hago yo…”. Pero quizá el principal “agujero negro” de la corresponsabilidad tiene que ver con la carga mental, todas esas tareas invisibles de las que os encargáis básicamente vosotras.
Para cambiar estas inercias, el primer paso sería que los hombres seamos más conscientes de lo que hay, porque muchas veces ocurre que las mujeres estáis sobrecargadas y los hombres ni siquiera nos estamos enterando de toda esta carga que estáis asumiendo. Para esto, vosotras deberíais sacar estas tareas de la invisibilidad, y nosotros los hombres deberíamos renunciar a nuestra comodidad.
Se vive muy bien no teniendo en la cabeza cuándo es la próxima visita al pediatra, que hay que comprar de regalo para el cumple de un amiguito de clase, si hay que pagar la extraescolar o si mañana hay que buscar canguro porque tenemos un compromiso. Nosotros tendremos que asumir muchas de esas tareas para descargaros a vosotras. Esto es lo que más cuesta, probablemente sea la principal asignatura pendiente de la corresponsabilidad. Pienso que lo primero sería hacer todo esto visible, pero con hacerlo visible no basta, tiene que haber también un compromiso, esfuerzo y mucho diálogo. Y no caer en la trampa que te decía antes de “mira, como yo soy un desastre, ya mejor lo haces tú”.
¿Suerte o corresponsabilidad?
Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios, podemos pensar igual que tenemos suerte tener un Dios que se preocupa por nosotros, que nos ama, que nos salva, que nos da todo aquello que necesitamos, que nos da la oportunidad de estar por toda la eternidad con ÉL.
Pero nunca o casi nunca queremos pensar en la corresponsabilidad, porque se vive mucho más tranquilo, no se adquieren compromisos, y seguro que añadirías mucho a esta lista,
Es cierto que Dios hace todo eso por nosotros, pero también quiere que formemos equipo con Él, no es un Dios solitario, es un Dios de equipo y por eso una y otra y otra vez, se preocupa de que sepamos que somos necesarios en su equipo.
La Palabra de Dios habla de formar un equipo en la medida que la estudiamos, vemos varios pasajes que hablan de esto:
– Levítico 26:8 Cinco de vosotros perseguirán a ciento, y ciento de vosotros perseguirán a diez mil.
– Salmos 133:1-3 Nos muestra cuán bueno es que los hermanos habiten juntos en unidad y cómo Dios envía su bendición a la gente cuando está en unidad.
– Eclesiastés 4:9-12 Nos muestra que un nudo de tres cuerdas no es fácil de romper, mostrándonos que hay fuerza cuando la gente está de acuerdo.
– Génesis 11:1-9 Nos muestra el ejemplo de la torre de Babel. La gente trabajo junta y Dios mismo tuvo que separarlos porque nada era imposible para ellos.
Ahora si quieres acompañarme podemos ver más de este tema en la Palabra de Dios.
