Mira la cruz

juan1937

Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.

Juan 19:37

“Los que miraron a él fueron alumbrados, y sus rostros no fueron avergonzados.” — Salmo 34:5

Por el vínculo existente con el versículo precedente debemos entender que el pronombre “él” se refiere a la palabra “Jehová.” “Los que miraron al Señor Jehová fueron  alumbrados.” Pero ningún hombre ha mirado aún a Jehová Dios, tal como Él es, y ha encontrado consuelo en Él, pues “nuestro Dios es fuego consumidor.” Un Dios absoluto, aparte del Señor Jesucristo, no puede dar ningún consuelo a un corazón atribulado. Podríamos mirarlo a Él y quedaríamos ciegos, pues la luz de la Deidad es insufrible y así como el ojo mortal no puede fijar su mirada en el sol, el intelecto humano no podría mirar alguna vez a Dios y encontrar la luz, pues el brillo de Dios heriría el ojo de la mente con eterna ceguera. La única forma en que podemos ver a Dios es a través del Mediador Jesucristo:

“Hasta que no vea a Dios encarnado,
Mi pensamiento está desconsolado.”

Dios oculto y con el velo de la condición de hombre: así lo podemos ver con una mirada sostenida, pues así ha descendido a nosotros y nuestra pobre inteligencia finita puede entender y captar acerca de Él. Por lo tanto voy a usar mi texto hoy, y creo que muy legítimamente, en referencia a nuestro Señor y Salvador Jesucristo. “Los que miraron a Él fueron alumbrados.” Pues cuando miramos a Dios, como es revelado en Jesucristo nuestro Señor y contemplamos la Deidad como es evidente en el Hombre Encarnado que nació de la Virgen María y fue crucificado por Poncio Pilato, en efecto vemos eso que ilumina la mente y derrama rayos de consuelo en el corazón que ha despertado.

Y ahora esta mañana, los invito en primer lugar, para ilustrar mi texto, a mirar a Jesucristo en Su vida en la tierra y espero que algunos de ustedes sean iluminados al hacerlo. Después lo miraremos a Él en Su cruz. Posteriormente vamos a mirarlo a Él en Su resurrección. Lo miraremos a Él en Su intercesión. Y finalmente, vamos a mirarlo a Él en Su segunda venida. Y puede ser que, conforme lo miremos con un ojo fiel, el versículo tendrá cumplimiento en nuestra experiencia, que es la mejor prueba de una Verdad de Dios, cuando comprobamos que es verdad en nuestro propio corazón. Vamos a “mirarlo a Él” y seremos “alumbrados.”

I. Entonces, primero vamos a MIRAR AL SEÑOR JESUCRISTO EN SU VIDA. Y aquí el santo que está atribulado encontrará todo lo que puede iluminarlo en el ejemplo, en la paciencia, en los sufrimientos de Jesucristo. Estas son estrellas de gloria que resplandecen en la medianoche sombría del cielo de la tribulación. Vengan aquí, todos ustedes hijos de Dios y sin importar cuáles sean sus penas, ya sean de carácter temporal o espiritual, encontrarán suficiente alivio y consuelo en sus vidas, si el Espíritu Santo abre ahora sus ojos para mirarlo a Él.

Tal vez tengo en mi congregación, más bien tengo la plena certeza que hay personas en mi congregación, que están hundidas en las profundidades de la pobreza. Ustedes son hijos del afán. Ustedes comen su pan con mucho sudor de su frente. El pesado yugo de la opresión sofoca su cuello. Tal vez en este momento sufran de un hambre extremosa. El hambre los acosa, y aunque estén en la Casa de Dios, el cuerpo de ustedes se queja, y ustedes se sienten muy abatidos. Míralo a Él, pobre hermano mío en Jesús que estás muy afligido, míralo a Él para que seas alumbrado:

“¿Por qué te quejas de carencia o aflicción,
Tentación o dolor? Él no ofreció nada más leve;
Herederos de la salvación, sabemos por Su Palabra,
Que en medio de la tribulación seguiremos al Señor.”

¡Míralo allí! Durante cuarenta días, Él ayuna y tiene hambre. Míralo de nuevo, cansado del camino y sediento, se sienta junto al pozo de Sicar y Él, el Señor de gloria, que sostiene a las nubes en la palma de Su mano, dijo a la mujer: “Dame de beber.” ¿Acaso el discípulo será más que su Maestro, o el siervo más que su Señor? Si Él tuvo hambre y sed y desnudez ¡oh heredero de la pobreza, ten buen ánimo! En todo esto tienes comunión con Jesús. Por tanto, ten consuelo y míralo a Él y serás alumbrado.

Tal vez tu problema es de otro tipo. Tal vez has venido aquí hoy doliéndote de la lengua bifurcada de esa víbora: la calumnia. Tu carácter, aunque puro y sin mancha ante Dios, parece estar perdido ante el hombre. Pues esa sucia cosa calumniosa ha buscado quitarte eso que es más querido para ti que la vida misma, tu carácter, tu buena fama. Y en este día estás lleno de amargura y borracho de ajenjo, porque has sido acusado de crímenes que tu alma aborrece. Oh hijo del luto, este es ciertamente un duro golpe. La pobreza es como el azote de Salomón pero la calumnia es como los escorpiones de Roboam. Las profundidades de la pobreza se pueden sostener con el dedo meñique, pero la calumnia se tiene que llevar sobre los lomos.

Pero en todo esto puedes tener el consuelo de Cristo. Ven y míralo a Él para que seas alumbrado. El Rey de reyes fue llamado “samaritano”. Decían de Él que tenía un demonio y que estaba loco. Y sin embargo la infinita sabiduría habitaba en Él, aunque fue tildado de loco. ¿Acaso no fue Su vida siempre pura y santa? ¿Acaso no lo llamaron comilón y bebedor de vino? Él era el Hijo glorioso de Su Padre y sin embargo decían que Él echaba fuera los demonios por Beelzebú, príncipe de los demonios.

¡Ánimo, pobre víctima de la calumnia, límpiate esa lágrima! “Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa?” Si le habían honrado a Él, bien podrías haber esperado que te honraran a ti también. Conforme lo escarnecían y le arrebatan Su gloria, no le importó llevar la afrenta y la deshonra, pues Él está contigo, llevando Su cruz delante de ti. Y esa cruz era más pesada que la tuya. Entonces, míralo a Él para que seas alumbrado.

Pero escucho que alguien dice: “¡Ah! Pero mi aflicción es peor aún. No soy perseguido por la calumnia ni soy oprimido por la penuria. Pero señor, la mano de Dios pesa tremendamente sobre mí. Él ha traído a mi memoria mis pecados. Él me ha quitado el brillo luminoso de Su rostro. Una vez yo creí en Él y podía ‘leer claramente mi escritura de propiedad de mansiones en los cielos.’ Pero hoy estoy muy abatido. Él me ha levantado en alto y me ha arrojado al suelo como un luchador. Él me ha colocado arriba para poder arrojarme con más fuerza contra el suelo. Mis huesos están quebrantados y mi espíritu dentro de mí se ha derretido de angustia.”

Mi querido hermano atribulado, “míralo a Él y serás alumbrado.” Ya no te lamentes más por tus miserias, pero ven conmigo y míralo a Él, si puedes. ¿Ves el huerto de los Olivos? Es una noche fría y la tierra cruje bajo tus pies, recubierta por la dura helada. Y allí en las tinieblas de ese huerto de olivos, está de rodillas tu Señor. Escúchalo. ¿Puedes entender la música de Sus gemidos, el significado de Sus suspiros? ¡Seguramente tus angustias no son tan pesadas como lo fueron las suyas, cuando gotas de sangre traspasaron Su piel y un sudor de sangre manchó el suelo! Dime, ¿acaso tus pruebas son mayores que las suyas?

Entonces, si Él tenía que combatir con los poderes de las tinieblas, tú debes esperar lo mismo. Y míralo a Él en la última hora solemne de Su agonía y escúchale decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Y cuando hayas oído eso, no murmures, como si algo extraño te hubiese ocurrido, como si tuvieras que unirte en Su “lama sabactani,” y sudar unas cuantas gotas de Su sudor sangriento. “Los que miraron a Él fueron alumbrados.”

Pero, posiblemente haya alguien aquí que es muy perseguido de los hombres. “Ah,” dirá alguien, “yo no puedo practicar mi religión con tranquilidad. Mis amigos se han volteado en mi contra. Soy motivo de escarnio y de mofa y de burla, por causa de Cristo.” Vamos, cristiano, no temas nada de esto, sino, “míralo a Él para que seas alumbrado.” ¿Te acuerdas cómo lo persiguieron a Él? Oh, piensa en la vergüenza y en la manera en que le escupían y tiraban de sus cabellos y lo escarnecían los soldados. Piensa en esa terrible marcha a través de las calles, cuando cada hombre le gritaba y cuando aun quienes fueron crucificados con Él, lo envilecían. ¿Acaso has sido tratado peor que Él?

Pienso que esto es suficiente para que te pongas una vez más tu armadura. ¿Por qué te avergüenzas de ser deshonrado de la misma manera que tu Señor? Fue este pensamiento el que animaba a los mártires en tiempos antiguos. Quienes luchaban en el combate sangriento, sabían que tenían que conquistar la corona ensangrentada, la corona de rubíes del martirio. Por tanto, ellos soportaban todo, como viendo al Invisible. Esto los consolaba y los animaba en todo momento. Ellos lo recordaban a Él que “sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar.” “Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado.” Porque ellos sabían que su Señor había hecho lo mismo y Su ejemplo los consolaba.

Estoy persuadido, amados hermanos y hermanas, que si miráramos más a Cristo, nuestros problemas no se volverían tan negros en la oscura noche. Mirar a Cristo va a aclarar el cielo de ébano. Cuando las tinieblas parecen tan espesas, como las de Egipto, la oscuridad se puede sentir, como sólidos pilares de ébano, y aun así, como un relámpago brillante, tan brillante aunque no tan fugaz, será una mirada a Jesús. Una simple mirada a Él puede ser suficiente para todos nuestros trabajos en el camino.

Animados por Su voz, recargados de energía por Su fortaleza, estamos preparados para la acción y para el sufrimiento, tal como Él, hasta la muerte, si Él está con nosotros, también hasta la muerte. Entonces, este es nuestro primer punto. Tenemos la confianza en que ustedes que son cristianos agotados, no olvidarán que deben “mirar a Él para ser alumbrados.”

II. Y ahora tengo que invitarlos a contemplar un espectáculo más lúgubre. Pero extrañamente en la medida que el espectáculo se torna más negro, para nosotros se vuelve más resplandeciente. Cuanto más profundamente se hundió el Salvador en los abismos de la miseria, más brillantes han sido las perlas que Él ha obtenido: entre mayores fueron sus angustias y más profunda su deshonra, más brillantes han sido nuestras glorias. Vamos entonces (y esta vez voy a pedir a los pobres pecadores que dudan y tiemblan así como también a los santos, que vengan conmigo) vamos ahora a la cruz del Calvario. Allí, en la cima de esa pequeña colina, fuera de las puertas de Jerusalén, donde ejecutaban a los criminales comunes, el Tyburn de Jerusalén, el Old Bailey de esa ciudad, donde los criminales eran ejecutados, allí están tres cruces. La del centro está reservada para Alguien que tiene la reputación de ser el más grande de los criminales.

¡Miren allí! Lo han clavado en la cruz. Es el Señor de la Vida y de la Gloria, a cuyos pies los ángeles se deleitan derramando frascos llenos de gloria. Lo han clavado en la cruz: Él está suspendido allí en la mitad del cielo, agonizante, desangrándose; tiene sed y clama. Le traen vinagre que aplican con violencia en Su boca. Él sufre y necesita simpatía pero más bien se burlan de Él diciéndole: “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar.” Citan de manera equivocada Sus palabras, lo retan ahora a destruir el templo y reedificarlo en tres días.

En el mismo momento en que esta predicción estaba llegando a su cumplimiento, ellos se burlan de Él por Su falta de poder para cumplirla. Ahora mírenlo, antes de que se corra el velo sobre agonías demasiado sombrías para que pueda contemplarlas el ojo. ¡Mírenlo ahora! ¿Hubo alguna vez un rostro tan desfigurado como el suyo? ¿Hubo alguna vez un corazón tan saturado de agonía? ¿Qué ojos reflejaron jamás el fuego del sufrimiento como Sus ojos, manantiales de una ardiente agonía? Vamos a contemplarlo, vamos y mirémosle ahora. ¡El sol está en medio de un eclipse y se rehúsa a mirarlo! La tierra tiembla. Los muertos resucitan. Los horrores de Sus sufrimientos han asustado a la tierra misma:

“¡Él muere! El Amigo de los pecadores muere.”

Y los estamos invitando para que miren esta escena para que puedan ser alumbrados. ¿Cuáles son sus dudas esta mañana? Independientemente de cuáles sean, pueden recibir una solución dulce y apasionada, si miran a Cristo en la cruz. Tal vez han venido a este lugar dudando de la misericordia de Dios. Miren a Cristo en la cruz y ¿pueden entonces dudar de Su misericordia? Si Dios no fuese abundante en misericordia y lleno de compasión, ¿habría entregado a Su Hijo para que se desangrara y muriera? ¿Piensan que un Padre se arrancaría a Su amado de Su corazón para clavarlo en un madero, para que sufriera una muerte ignominiosa por nuestra causa y a pesar de eso ser duro, sin misericordia y sin piedad? ¡Lejos de nosotros tal pensamiento impío! Debe haber misericordia en el corazón de Dios o de lo contrario nunca hubiera habido una cruz en el Calvario.

Pero, ¿dudas acaso de que el Señor pueda salvarte? Te estás preguntando a ti mismo esta mañana: “¿Cómo puede perdonar Él a un pecador tan grande como yo?” Oh, mira allí, pecador, mira allí, a la grandiosa expiación hecha, al inapreciable rescate que se ha pagado. ¿Piensas que esa sangre no tiene una eficacia para perdonar y para justificar? Ciertamente sin la cruz, esta sería una pregunta sin respuesta: “¿Cómo puede ser Dios justo y sin embargo ser quien justifica al impío?” ¡Pero mira allí al Sustituto que sangra! Y debes saber que Dios ha aceptado Sus sufrimientos como un equivalente del sufrimiento de todos los creyentes. Y luego deja que tu espíritu se atreva a pensar, si puede, que la sangre de Cristo no es suficiente para permitir que Dios reivindique su justicia y que sin embargo tenga misericordia de los pecadores.

Pero sé que dices: “Mi duda no es acerca de Su misericordia general, ni de Su poder de perdonar, sino acerca de si quiere perdonarme a mí.” Ahora yo te suplico, por Aquél que vive y murió, en esta mañana no mires a tu propio corazón tratando de encontrar una respuesta a esa dificultad. No te quedes quieto mirando tus pecados. Tus pecados te han llevado al peligro y no te pueden sacar de él. La mejor respuesta que puedes obtener jamás se encuentra a los pies de la cruz.

Cuando llegues a tu casa esta mañana, siéntate durante una media hora en una quieta contemplación. Siéntate a los pies de la cruz y contempla al Salvador agonizante y te reto a ver si te atreves a decir: “Tengo dudas de Su amor por mí.” Mirar a Cristo engendra la fe. No puedes creer en Cristo excepto contemplándolo y si lo miras vas a aprender que Él puede salvar. Vas a conocer Su misericordia. Y no puedes dudar de Él después que lo has mirado una vez. El Dr. Watts dice:

“Si todas las naciones conocieran Su valía,
El mundo entero ciertamente Lo amaría.”

Y estoy seguro que es muy cierto si se expresa de otra manera:

“Si todas las naciones conocieran Su valía,
El mundo entero ciertamente en Él confiaría.”

Oh, que tú quisieras mirarlo a Él ahora, y tus dudas se desvanecerían pronto. Pues no hay nada que mate con efectividad toda duda como una mirada a los ojos llenos de amor del Señor que se desangra y agoniza. “Ah,” comenta alguien, “pero mis dudas están vinculadas a mi propia salvación en este sentido: no puedo ser tan santo como yo quisiera.” “He intentado al máximo,” dice otro, “deshacerme de todos mis pecados pero no puedo. Me he esforzado para vivir sin malos pensamientos y sin actos impíos y todavía encuentro que mi corazón es ‘engañoso más que todas las cosas.’ Y me he apartado de Dios. Ciertamente ¿cómo puedo ser salvo, siendo como soy?”

¡Detente! Míralo a Él para que seas alumbrado. ¿Qué necesidad tienes de estar mirándote a ti mismo? La primera prioridad necesaria de un pecador no es consigo mismo sino con Cristo. Lo que necesitas es venir a Cristo, cargado, cansado, y con el alma enferma, y pedirle a Cristo que te cure. No debes ser primero tu propio médico para después ir a Cristo, sino debes ir a Él, tal como eres. La única salvación para ti es confiar directamente, simplemente, desnudamente en Cristo. Algunas veces lo digo de esta manera: haz de Cristo el único pilar de tu esperanza y nunca intentes apoyarlo o sostenerlo a Él. “Él puede, Él quiere.” Todo lo que pide de ti es que confíes en Él.

En cuanto a tus buenas obras, esas se producirán después. Ellas son el fruto del Espíritu. Tu primera obligación no es hacer, sino creer. Mira a Jesús y pon tu confianza en Él. “Oh,” exclama alguien más, “señor, me temo que no siento mi necesidad de un Salvador como debería sentirla.” ¡Te estás mirando a ti mismo otra vez! ¡Todos ustedes se están mirando a ustedes mismos! Esto es totalmente indebido. Todas nuestras dudas y temores surgen de esta causa: estamos mirando al lugar equivocado. Sólo miren a la cruz otra vez, tal como lo hizo el pobre ladrón cuando agonizaba. Él dijo: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.”

Haz tú lo mismo. Puedes decirle a Él, si quieres, que tú no sientes la necesidad que tienes de Él como deberías sentirla. Puedes poner esto junto con todos tus demás pecados, que temes que no tienes la perspectiva adecuada de cuán grande y enorme es tu culpa. Puedes agregar a toda tu confesión este grito: “Señor, ayúdame a confesar mejor mis pecados. Ayúdame a sentirlos de manera más penitente.” Pero recuerda, no te salva tu arrepentimiento. Es la sangre de Cristo, fluyendo de Sus manos y de Sus pies y de Su costado. ¡Oh, yo les suplico por Aquél a quien sirvo! Vuelvan sus ojos a la cruz de Cristo en esta mañana. Él cuelga en la cruz hoy. Él está suspendido en medio de ustedes. Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también está levantado el Hijo del Hombre hoy ante sus ojos, para que todo aquel que en Él crea no se pierda mas tenga la vida eterna.

Y ustedes hijos de Dios, me dirijo a ustedes ahora, pues también ustedes tienen sus dudas. ¿Quieren verse libres de ellas? ¿Quieren regocijarse en el Señor con fe inconmovible y confianza inquebrantable? Entonces, miren a Jesús. Mírenlo de nuevo y serán alumbrados. Yo no sé qué ocurre con ustedes, mis queridos amigos, pero a menudo yo me encuentro asediado por las dudas. Y todo se puede reducir a la pregunta si tengo amor a Cristo o no. Y a pesar de que algunas personas se ríen de este himno, es un himno que me veo obligado a cantar:

“¡Hay un punto que ansío conocer,
Que a menudo inquieta mis pensamientos!
¿Amo yo al Señor o no,
pertenezco a Él, o no soy Suyo?”

Y yo estoy convencido que todo cristiano tiene a veces sus dudas y que las personas que no dudan son precisamente las personas que deberían dudar. Pues quien nunca siente dudas acerca de su estado tal vez lo haga cuando ya es demasiado tarde. Conocí a un hombre que decía que nunca albergó ninguna duda durante treinta años. Yo le dije que yo conocía a una persona que nunca tuvo ninguna duda acerca de él durante treinta años. “¿Cómo está eso?” respondió, “eso es muy extraño.” Lo tomó como un cumplido. Yo repetí: “Conocí a un hombre que nunca tuvo ninguna duda acerca de ti durante treinta años. Él sabía que tú eras siempre el hipócrita más confundido que él conoció jamás. No tenía ninguna duda acerca de ti.”

Pero este hombre no tenía ninguna duda acerca de sí mismo; él era un hijo de Dios especial, un gran favorito del Altísimo. Él amaba la doctrina de la Elección, que tenía escrita en su frente. Sin embargo actuaba como un pequeño dictador y era el más cruel opresor de los pobres y cuando él mismo cayó en la pobreza, se hundió hasta el fondo de la degradación rodando por las calles. Y este hombre no tuvo ninguna duda durante treinta años. Y sin embargo los mejores hombres siempre están dudando.

Algunos que están viviendo justo afuera de las puertas del Cielo sienten temor de ser arrojados al infierno, después de todo, mientras que esas personas que van por el camino espacioso que lleva a la perdición no sienten el menor temor. Sin embargo, si quieres liberarte de tus dudas una vez más, vuélvete a Cristo.

Ustedes saben lo que el Dr. Carey solicitó que se pusiese en su tumba; solamente estas palabras, pues ellas constituían su consuelo:

“Como un gusano culpable, débil e indefenso,
Me arrojo en los brazos de Cristo.
Él es mi justicia y mi fortaleza,
Mi Jesús y mi Todo.”

¿Recuerdan lo que ese eminente teólogo escocés dijo cuando estaba en su lecho de muerte? Alguien le susurró: “¿Te estás muriendo ahora?” Él respondió, “sólo estoy juntando todas mis buenas obras para arrojarlas todas por la borda. Y yo me estoy atando a la gruesa tabla de la gracia inmerecida y espero nadar hasta la gloria sobre ella.” Haz tú lo mismo. Cada día fija tu mirada sólo en Cristo. Y mientras tu ojo sea fiel a ese punto, todo tu cuerpo debe estar y estará lleno de luz. Pero si pierdes la concentración y te miras primero a ti y después a Cristo, todo tu cuerpo estará lleno de tinieblas. Recuerda, entonces, cristiano, que debes volar a la cruz. Cuando ese gigantesco perro negro del infierno te persiga, ¡acércate a la cruz! Debes ir donde van las ovejas cuando las molesta el perro, ve al Pastor.

El perro teme el cayado del pastor. Tú no debe temerle. Esa es una de las cosas que te confortarán. “Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.” ¡Refúgiense en la cruz, hermanos y hermanas míos! Refúgiense en la cruz si quieren liberarse de sus dudas. Tengo la certeza que si nosotros viviéramos más con Jesús, seríamos más semejantes a Jesús, y confiaríamos más en Jesús, las dudas y los temores serían cosas mucho más escasos y raros. Y no nos tendríamos que quejar de esas cosas de la misma manera que los primeros emigrantes a Australia no se tenían que quejar de los cardos. Pues no encontraron cardos allí y tampoco los habría si no hubieran sido llevados allí. Si vivimos simplemente por la fe en la cruz de Cristo, viviremos en una tierra donde no hay cardos. Pero si vivimos apoyados en el yo, entonces tendremos muchas espinas y cardos y ortigas que estarán creciendo allí. “Los que miraron a Él fueron alumbrados.”

III. Y ahora los invito a una gloriosa escena: LA RESURRECCIÓN DE CRISTO. Vengan aquí y mírenlo a Él, ¡cuando la serpiente antigua Le hiere en el calcañal!

“¡Él muere! El Amigo de los pecadores muere,
Y las hijas de Salem lloran inconsolables.”

Él fue envuelto en un sudario y depositado en la tumba y allí Él durmió durante tres días con sus noches. Y en el primer día de la semana, Él, que no podía ser retenido por las ataduras de la muerte y cuyo cuerpo no podía conocer la corrupción, ni Su alma habitar en el Hades, Él se levantó de los muertos.

En vano las ataduras lo envolvían. Él mismo se liberó de ellas y por Su propio poder viviente las dobló en perfecto orden y las colocó en su lugar. En vano estaban allí la gran piedra y el sello. El ángel se apareció y rodó la piedra y el Salvador salió. En vano estaban allí los guardias y los vigilantes. Pues ellos huyeron aterrorizados y Él se levantó como el conquistador de la muerte; como las primicias de los que durmieron. Por Su propio poder y potencia Él ha resucitado.

Veo entre los miembros de mi congregación a muchos que llevan el traje negro del luto. Algunos de ustedes han perdido a sus parientes más queridos en la tierra. Hay otros aquí que, no lo dudo, están bajo el constante terror de la muerte. Ustedes están de por vida sujetos a la servidumbre porque están pensando en los gemidos y en el combate mortal que se le presenta a los hombres cuando se aproximan al río Jordán. Vamos, vamos, les suplico, todos ustedes espíritus que gimen tímidamente, ¡contemplen a Jesucristo resucitado! Pues recuerden, esta es una grandiosa Verdad: “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.” Y la estrofa de nuestro himno contiene ese pensamiento:

“¿Qué? Aunque nuestro propio pecado requiere
Que nuestra carne vea el polvo,
Sin embargo, como el Señor nuestro Salvador resucitó,
Así todos los que Le siguen deberán resucitar.”

Entonces, tú que eres viuda, no llores más por tu esposo, si él murió en Jesús. ¿Miras al Señor? Él resucitó de los muertos. Él no es un espectro. En presencia de Sus discípulos Él come un trozo de un pez asado y parte de un panal de miel. Él no es un espíritu. Pues Él dice: “Palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.” Esa era una resurrección real. Y aprendan, queridos hermanos, a reprimir sus tristezas cuando lloren. Pues sus seres queridos vivirán nuevamente. No solamente vivirán sus espíritus, sino también sus cuerpos:

“Corrupción, tumba y gusanos,
Simplemente refinan este cuerpo.
Al son de la trompeta del arcángel,
Tendremos un cuerpo renovado.”

Oh, no piensen que los gusanos se han comido a sus hijos, a sus amigos, a su esposo, a su padre, a sus ancianos progenitores; es cierto, parecería que los gusanos se los han devorado. Oh, ¿qué es el gusano después de todo, sino el filtro a través del cual nuestra pobre carne contaminada debe pasar? Pues en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta, los muertos serán resucitados incorruptibles y los que viven serán transformados. Verás de nuevo el ojo que acaba de ser cerrado y habrá vida en él. Tomarás de nuevo la mano que acaba de quedar inerte a un costado del lecho. Besarás de nuevo esos labios fríos y sin color como el hielo y de nuevo oirás la voz que está en silencio en la tumba. Vivirán de nuevo. Y ustedes que temen a la muerte: ¿por qué tener miedo de morir? Jesús murió antes que tú y atravesó las puertas de hierro y pasó por en medio de ellas antes que tú, y Él vendrá a encontrarse contigo. Jesús que vive, puede:

“Convertir el lecho de la muerte
En algo tan suave como una almohada de plumas.”

Entonces, ¿por qué llorar? Jesús resucitó de los muertos y ustedes también resucitarán. Tengan ánimo y confianza. No todo ha terminado cuando somos depositados en la tumba. No somos sino una semilla que ha sido sembrada para madurar en la cosecha eterna. El espíritu de ustedes se remonta a Dios. El cuerpo duerme por un tiempo, para resucitar para la vida eterna. No puede ser resucitado si no muere. Pero cuando muera recibirá una vida nueva. No será destruido más. “Los que miraron a Él fueron alumbrados.” Oh, esto una cosa muy preciosa para mirarla: un Salvador resucitado. No conozco nada que pueda elevar más nuestros espíritus, que una visión verdadera de la resurrección de Jesucristo de los muertos. Entonces no hemos perdido ningún amigo. Se han ido antes que nosotros. Nosotros mismos no vamos a morir. Parecerá que morimos, pero más bien vamos a comenzar a vivir. Pues está escrito:

“Él vive para morir. Él muere para vivir;
Él vive para no morir más.”

¡Es la bendición que deseo para cada uno de ustedes!

IV. Y con la mayor brevedad posible, los invito a MIRAR A JESUCRISTO SUBIENDO AL CIELO. Después de cuarenta días lleva a sus discípulos al monte y mientras les está hablando, súbitamente comienza a elevarse. Y entonces Él es separado de ellos y una nube lo recibe y lo lleva a la Gloria. Tal vez se me pueda permitir una pequeña licencia poética si trato de figurarme eso que ocurrió después que Él ascendió entre las nubes. Los ángeles bajaron del cielo:

“Ellos trajeron Su carruaje de lo alto,
Para transportarlo a Su trono
Batieron sus alas triunfantes y exclamaron,
La gloriosa obra ha sido realizada.”

No dudo que, con un triunfo sin par Él ascendió la colina de luz y fue a la ciudad celestial y cuando se acercaba a los portales de esa gran metrópolis del universo, los ángeles exclamaban: “Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas.” Y los espíritus radiantes desde los ardientes muros preguntaban: “¿Quién es este Rey de gloria; quién?” y la respuesta fue: “Jehová de los ejércitos. El es el Rey de la gloria.”

Y luego, tanto aquellos que están sobre los muros como los que caminan junto a los carros se unen a los cantos una vez más y con un poderoso océano de música, que bate sus melodiosas olas contra las puertas del cielo, obligándolas a abrirse, se escuchan los acordes: “Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria” y Él entra. Y a Sus pies arrojan sus coronas todas las huestes angélicas y entonces se presentan los que han sido lavados por Su sangre y se unen a Él, no arrojando rosas a Sus pies, como arrojamos flores a los pies de los conquistadores en nuestras calles, sino arrojando flores inmortales, imperecederas coronas de honor que nunca se destruyen. Mientras que una y otra vez y otra vez y otra vez, los cielos resuenan con esta melodía: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.”

Ahora miren aquí, cristianos, aquí está el consuelo de ustedes; Jesucristo ganó combatiendo con enemigos espirituales, no con carne ni sangre, sino con principados y potestades. Ustedes están hoy en guerra y tal vez el enemigo los ha atacado y están a punto de caer. Te sorprende que no hayas intentado huir en el día de la batalla, pues a menudo has sentido el temor de salir corriendo del campo de batalla como un cobarde. Pero no temas. Tu Señor ha sido más que un conquistador y tú también lo serás.

Se aproxima el día en que con un esplendor menor que el Suyo pero sin embargo siendo el mismo en su medida, tú también pasarás por las puertas de la bienaventuranza. Cuando mueras, vendrán los ángeles a tu encuentro en medio de las aguas del río y cuando tu sangre se hiele en la corriente fría, tu corazón recibirá el calor de otra corriente: una corriente de luz y de calor procedente de la grandiosa fuente de todo gozo y tú estarás de pie al otro lado del Jordán y los ángeles vendrán a tu encuentro vestidos con sus inmaculadas ropas. Ellos te acompañarán en tu ascenso por la colina de la luz y cantarán las alabanzas de Jesús y te darán el saludo como un nuevo trofeo de Su poder.

Y cuando entres por las puertas del cielo, Cristo saldrá a recibirte, tu Señor, Quien te dirá: “Bien, buen siervo y fiel; entra en el gozo de tu señor.” Entonces tú sentirás que estás compartiendo Su victoria, así como antes participaste en Sus luchas y en Su guerra. Continúa luchando, compañero cristiano, tu glorioso Capitán ha ganado una gran victoria y ha conseguido para ti en esa única victoria un estandarte que nunca ha sido manchado por la derrota, aunque con frecuencia ha sido mojado con la sangre de sus defensores.

V. Y ahora, una vez más “Los que miraron a Él fueron alumbrados.” Míralo, Él está sentado en el Cielo. Él llevó cautiva la cautividad y ahora está sentado a la diestra de Dios, haciendo intercesión continua por nosotros. ¿Puede imaginarlo hoy tu fe? Como un gran Sumo Sacerdote de tiempos antiguos, Él está con Sus brazos extendidos (hay majestad en Su pose) pues Él no es un común intercesor que se humilla. Él no se da golpes de pecho, ni lanza Su mirada al suelo; sino suplica con autoridad en un trono de gloria.

Sobre Su cabeza está la brillante mitra reluciente de Su sacerdocio. Y miren: sobre su pecho están las deslumbrantes piedras preciosas donde están grabados para siempre los nombres de Sus elegidos. Escúchenlo en el momento de Su intercesión. ¿Puedes oír lo que dice? ¿Acaso no es tu oración la que Él está mencionando ante el Trono? Esa oración que tú ofreciste esta mañana antes de que vinieras a la Casa de Dios, Cristo la está ofreciendo ahora ante el Trono de Su Padre. El voto que recién has hecho cuando dijiste: “Ten piedad y ten misericordia” Él los está repitiendo allí.

Él es el Altar y el Sacerdote y con Su propio sacrificio Él rocía de perfume nuestras oraciones. Y sin embargo, posiblemente, ustedes han estado orando por muchos días sin obtener una respuesta. Pobre suplicante que lloras, tú has buscado al Señor y Él no te ha oído, o al menos no te ha respondido de manera de deleitar tu alma. Has clamado a Él, pero los cielos han sido como de cobre y Él no ha permitido el acceso de tu oración. Estás lleno de tinieblas y de desánimo debido a esto: “Los que miraron a Él fueron alumbrados.”

Si tú no logras el éxito, Él si lo logra. Si tu intercesión pasa desapercibida, Él no puede pasar desapercibido. Si tus oraciones pueden ser como agua derramada sobre una roca que no puede ser recogida de nuevo, Sus oraciones no son así (Él es el Hijo de Dios) Él suplica y debe prevalecer. Dios no le puede rehusar a Su propio Hijo lo que le pide ahora, a Quien compró una vez las misericordias con Su sangre. Oh, ten ánimo, continúa con tu súplica: “Los que miraron a Él fueron alumbrados.”

VI. En último lugar, hay algunos aquí que están cansados del estrépito y del clamor de este mundo y con la iniquidad y el vicio de este mundo. Se han estado esforzando a lo largo de toda su vida para poner un alto al reino del pecado y parecería que sus esfuerzos no han dado ningún fruto. Los pilares del infierno están más firmes que nunca y el negro palacio del mal no ha sido derruido. Han tratado de derribarlo con todos los arietes de la oración y del poder de Dios, (así lo han creído ustedes) y sin embargo el mundo todavía peca, sus ríos todavía fluyen con sangre, sus llanuras todavía están contaminadas con la danza lasciva y su oído todavía está manchado con la sucia canción y el juramente profano.

Dios no es honrado. El hombre es todavía vil. Y tal vez tú dices: “Es en vano que continuemos la lucha, hemos asumido una tarea que no puede cumplirse. Los reinos de este mundo no pueden llegar a ser nunca los reinos de nuestro Señor y de Su Cristo.” Pero, cristiano, “Los que miraron a Él fueron alumbrados.” He aquí, Él viene, Él viene, Él viene pronto. Y lo que nosotros no podemos hacer en seis mil años, Él puede hacerlo en un instante. He aquí, Él viene, Él viene para reinar. Nosotros podemos intentar construir Su trono, pero no vamos a lograrlo.

Pero cuando Él venga, Él mismo construirá Su trono, sobre sólidos pilares de luz, y se sentará para juzgar en Jerusalén, gloriosamente en medio de Sus santos. Posiblemente hoy, en esta hora en que estamos reunidos, Cristo pueda venir: “Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos.” Aun mientras estoy hablando, Cristo Jesús puede aparecerse en las nubes de gloria. No tenemos ninguna razón para estar tratando de adivinar el momento de Su venida. Él vendrá como ladrón en la noche. Y si será cuando cante el gallo, o en pleno día o a medianoche, no nos está permitido estarlo adivinando.

Esto ha sido dejado enteramente en la oscuridad, y vanas son las profecías de los hombres, vanos sus “Esbozos Apocalípticos,” y tonterías como esas. Nadie sabe nada al respecto, excepto que es verdad que Él vendrá. Pero cuando Él venga, ningún espíritu en el cielo ni en la tierra pretenderá que lo sabía. Oh, es mi esperanza llena de gozo que Él venga mientras yo viva. Tal vez algunos de nosotros estaremos vivos y permaneceremos en la venida del Hijo del Hombre. ¡Oh, esperanza gloriosa! Nosotros tendremos que dormir, pero seremos cambiados. Él puede venir ahora y nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.

Pero si tú mueres, cristiano, esta es tu esperanza: “Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.” Y esta debe ser tu responsabilidad: “Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis.” ¡Cómo no voy a seguir trabajando, pues Cristo está a la puerta! ¡Nunca dejaré de esforzarme al máximo, pues mi Señor viene y Su recompensa viene con Él y Su obra está ante Él, dando a cada hombre conforme a su obra! Oh, no me voy a quedar inmóvil sumido en la desesperación, pues la trompeta ya está sonando. Me parece que oigo los pasos de la legión conquistadora, los últimos poderosos héroes de Dios, posiblemente, están llegando al mundo.

La hora de este avivamiento es la hora del cambio de giro en la batalla. El combate ha sido tupido y el esfuerzo furioso, pero la trompeta del Conquistador está empezando a sonar, el ángel se la está llevando a sus labios. El primer sonido ha sido escuchado a través del mar y todavía lo escucharemos de nuevo. Pero si no oímos la trompeta en nuestros días, sin embargo todavía es nuestra esperanza. Él viene, Él viene y todos los ojos lo verán y quienes lo han crucificado llorarán y gemirán ante Él, pero los justos se gozarán y lo engrandecerán en grado sumo. “Los que miraron a Él fueron alumbrados.”

Recuerdo que concluí una predicación en Exeter Hall diciendo: “¡Jesús, Jesús, Jesús!” y quiero concluir mi sermón hoy con las mismas palabras, pero antes tengo que hablar a aquel pobre desamparado que está parado allá, preguntándose si habrá misericordia para él. Dice: “Amigo, está muy bien decir ‘Mirad a Jesús’ pero supón que tú no puedes mirar. Si estás ciego, ¿cómo puedes hacerlo?” Oh, mi pobre hermano, vuelve tus ojos sin descanso a la cruz y esa luz que da luz para aquellos que ven, dará también la vista a quienes están ciegos. Oh, si no puedes creer en esta mañana, mira y considera y sopesa el asunto y al sopesar y reflexionar recibirás la ayuda para creer.

Él no te pide nada a ti. Él te invita ahora a creer que Él murió por ti. Si hoy te sientes un pecador perdido y culpable, todo lo que Él pide es que creas en Él. Es decir, confía en Él. ¿Acaso no es poco lo que Él pide? Y sin embargo es más de lo que cualquiera de nosotros está preparado a dar, excepto que el Espíritu nos dé el querer. Vamos, arrójate sobre Él. Desplómate sobre Su promesa. Húndete o nada, confía en Él y no te puedes imaginar el gozo que sentirás en ese instante especial en que creas en Él.

¿Acaso no hubo algunos entre ustedes que recibieron una fuerte impresión el domingo pasado, y que han estado muy ansiosos toda la semana? Oh, espero haberles traído un buen mensaje este día para consuelo de ustedes. “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más.” Mírenlo ahora, y mirándolo, vivirán. ¡Que cada uno de ustedes reciba toda bendición y que cada uno salga meditando en esa única Persona que amamos, ¡Jesús, Jesús, Jesús!

Por: Charles Haddon Spurgeon, en el Royal Surrey Gardens Music Hall

La Cruz de Cristo – Billy Graham

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