«Busco a mi hija», la llamada desesperada de una madre
Desesperados tras horas y horas sin noticias, decenas de madres, padres y hermanos de menores que estaban en el concierto y a los que no logran localizar están lanzando mensajes en las redes sociales con la esperanza de recibir alguna información.
Así comienza la historia de una madre que no sabe nada de su hija, recuerda que ella fue con su amigo Adam que está ahora en un hospital. La madre sigue llamando por teléfono a todo el mundo: hospitales, policía, a los centros donde han acogido a los otros jóvenes que estaban en el concierto. Todos se han volcado en su búsqueda, pero no hay noticias.
La madre continuamente lee el último mensaje que le dejó su hija diciendo que el viaje había sido tranquilo, que ya habían llegado al concierto, que era extraordinario y que estaba muy agradecida que la hubiera dejado ir a pesar del miedo que tenía.
Tenemos otra historia de igual desesperación, cuando el hombre después de 6 días de su boda marcha como aviador a una guerra y nunca más sabe de él. Setenta años después su mujer que nunca desistió de buscarlo escucha una historia en otro país de un aviador de nombre igual que su marido.
La mujer marcha a esa ciudad y descubre que hablan de su marido, de cómo su avión fue alcanzado y como caía sobre la ciudad, pero su marido aunque podía decidir salvarse, dirigió el avión a un bosque cercano, salvando de la muerte segura a miles de personas, pero muriendo él en ese intento.
En agradecimiento, cada año, la ciudad celebra una fiesta en honor a aquel aviador que dio su vida por salvar la de ellos, aunque nunca supieron de su vida anterior.
La desaparición de un ser querido como han sido estas dos historias reales, produce un dolor incesante, una intensa angustia generada por el desconocimiento de su paradero, es así como se convierte en la tortura de las preguntas sin respuesta: ¿Dónde está?, ¿Qué le pasó?, ¿Por qué le pasó?, ¿Por qué a él, o a ella?, ¿Por qué a mí?, ¿Por qué no lo pude evitar?, ¿ Estará vivo o le habrá pasado algo?, ¿REGRESARÁ?
Todas estas preguntas para intentar descifrar las incógnitas que ha dejado la desaparición, porque este camino que implica la búsqueda tiene impactos en la salud mental a diferentes niveles: Individual, familiar y comunitario.
– A nivel individual, varias personas refieren luchar con la sensación de estar “al borde de la locura”. Una madre que no tiene noticias de su hijo de 19 años indica: “¿Será que me estoy volviendo loca, será que yo me imaginé todo, qué estuve en embarazo, qué tuve a mi hijo?” o “La desaparición de mi hijo me dejó un vació enorme, fue como si me arrancarán un pedazo del alma”. Este doloroso sentimiento, suele ir acompañado por un estado de ánimo deprimido, ansiedad, cambios en el comportamiento y afectaciones psicosomáticas como dolores de cabeza y otros dolores corporales, problemas digestivos, cambios en el apetito y en el sueño, entre otros.
– A nivel familiar, las relaciones cambian y con ellas los roles de sus miembros, sintiendo que las pérdidas dañan grandemente el funcionamiento familiar de forma integral, “¿Si ya no tengo hijo mayor, mi hijo del medio se fue, no tengo esposo, seguimos siendo familia?”. Una de las posibilidades es ser una nueva familia donde el vacío desencadenado por la desaparición se llene con recuerdos, con la memoria viva de su familia y sus aprendizajes.
– A nivel comunitario, posiblemente la persona que pasa por ese trance, encuentre actitudes sociales negativas de este tipo: “Por algo le pasó”, “Qué andaría haciendo” “En qué estaría metido (a)”, mientras intenta manejar el dolor, la sensación de vacío, el desánimo y la tristeza profunda que estos procesos generan por dentro, por ello los amigos y familiares deben apoyar y acompañar si estigmatizar esa lucha por rescatar la memoria de ese ser querido y honrarle, de tal manera que ese vacío en la persona se llene de recuerdos, historias, anécdotas…
«Busco a mi hija», la llamada desesperada de una madre
Cuando vamos a la Palabra de Dios, encontramos historias si no iguales, muy similares porque también hay personas que van a las guerras, hijos que por algún motivo salen del control de los padres, provocando esa desesperación en los que quedan.
Y leyendo en la Palabra de Dios, podemos apreciar también que Dios toma interés personal en esa historia familiar y acude a unos
y a otros a mostrarles su misericordia y su cuidado para con ellos.
Uno de esos momentos lo vemos relatados en los evangelios, es en María Magdalena, es el día que Jesús ha resucitado, ha salido de la tumba, y ella entra para ungir el cuerpo de su señor, pero Él no está y en su estado de dolor, angustia, tristeza y desesperación, lo único que sabe hacer es llorar. Ese llanto desconsolado que se produce ante la pérdida o la desaparición de alguien muy querido, en el caso de María Magdalena era Su Señor.
Y es estando en ese llanto cuando leemos e Juan 20:13: “Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto”.
Otro de esos momentos lo tenemos relatado en una familia de un padre con dos hijos, y el enfrentamiento que tuvo con ellos, donde uno de los hijos decidió desaparecer voluntariamente.
Ambas historias vamos a verlas con más detalle en la Palabra de Dios, y allí veremos como actúa el Señor en estos casos.
