“Cuando nunca es suficiente”

«¿Eso es todo? ¿No sabes hacerlo mejor?» Este comportamiento tiene un nombre y se llama autoexigencia.

Cuando una persona se exige en demasía NUNCA ES SUFICIENTE. Nunca. Siempre hay algo que podría haberse hecho mejor, un mejor trabajo, una mejor respuesta, unas mejores vacaciones, una pareja mejor, unos hijos mejores (lo que sea que pueda significar esto).

La autoexigencia feroz no sólo nos impide disfrutar plenamente del presente sino que nos lleva a vivir con una nostalgia extraña de que hay una situación que anhelamos a la que no llegaremos jamás, a pesar de todos nuestros esfuerzos. Nunca alcanzaremos la cumbre de la satisfacción y el éxito. El paraíso nos está prohibido.

Veamos tres testimonios de esto en Andrés, Rosalía y Paula:

Andrés es una de estas personas con alta autoexigencia. Se pone continuamente metas y objetivos ambiciosos (personales, laborales, deportivos) y cuando consigue uno de ellos, en vez de pensar «guau, qué bien, lo he conseguido» se dice «bueno va, está bien… pero este era mi trabajo, ¿qué es lo siguiente?«. Y así en bucle, siempre más, y más, y más…

Para Rosalía, el problema es una culpabilidad perpetua, que hace su aparición y lo inunda todo cuando un día baja su rendimiento o está cansada (y esta culpa como un látigo, le dice «¡no pares! ¿qué haces?»). No obstante, cuando Rosalía sí tiene un día productivo esta culpabilidad chasquea la lengua y dice severamente: «bueno, hoy ha estado bien, pero es que así debería de ser todos los días»

Luego está Paula, que si le preguntas qué ha hecho bien en su vida o cuáles son sus aptitudes se quedará pensando largos minutos… y al cabo de ese tiempo te dará una lista de (con suerte) tres cosas. Eso sí, si le preguntas por sus defectos o sus errores pasados entonces te los listará de carrerilla.

Las personas exigentes se definen como perezosas, indisciplinadas, inseguras, infelices o fracasadas cuando tienen un mal día. Piensan erróneamente que sólo a ellas les pasa esto. En su imaginación, ven a los demás trabajando como robots (clic, botón ON encendido) sin dudas, errores ni falta de confianza en su trabajo.

Por supuesto, cuando uno se repite a sí mismo durante varios días, varias semanas, varios años, que es un vago, un fracasado, un depresivo o un indisciplinado, no es de extrañar que las cosas no mejoren con el tiempo, sino que vayan a peor. ¡Nada bueno puede salir del automaltrato, como era de esperar! Sólo cada vez más y más evasión (que se suele reflejar en postergar tareas una y otra vez) para ver si se puede callar esta voz insidiosa por un rato.

En resumen, la autoexigencia sin tregua provoca que:

– Nunca nos sintamos «suficientes» o que las cosas las hemos hecho bien (nos atormentamos con todo eso que podría haber ido mejor en vez de celebrar lo que sí ha ido bien)

– Tengamos una imagen de nosotros mismos mucho PEOR de la que es objetivamente cierta (por ejemplo, considerarnos más perezosos y menos inteligentes de lo que realmente somos)

– Nos pongamos una lista de tareas enorme y unas expectativas exageradas (que no llegamos a cumplir porque están fuera de la realidad) que lleva a que los sentimientos de fracaso y culpabilidad por no haber cumplido con o marcado estén latentes todo el día.

– Creamos que sólo si somos PERFECTOS o hacemos algo perfecto somos dignos de valor

Visto así, es un panorama espeso y horrible, entonces te preguntarás ¿qué hacer? ¿Cómo salir de este círculo vicioso de autoexigencia, culpa e insatisfacción?, pues veamos cuatro cosas que podemos hacer:

Punto número 1: Pon nombre a lo que sientes e indaga cuándo y por qué se producen estos comportamiento. Lee los ejemplos que he puesto más arriba o piensa en otras situaciones de tu día a día y verifica si realmente eres una persona demasiado autocrítica y perfeccionista.

Punto número 2: Crea espacios de máxima y mínima productividad. Para mitigar esa sensación de no ser lo suficientemente productivo te puede resultar muy útil establecer en tu rutina diaria espacios de máxima y mínima productividad.

Punto número 3: Prémiate y disfruta de lo conseguido. Darse pequeñas recompensas es una forma estupenda de lograr dos cosas: por un lado, mantener la motivación y el entusiasmo hacia nuestro objetivo, y por otro, demostrarnos autoestima y respeto.

Punto número 4: El cambio radical no va a ser mañana. Es importante que seas muy paciente con tu cambio personal y te des tiempo. No es posible eliminar la autoexigencia con más exigencia (¡quiero dejar de ser así inmediatamente, hoy mismo, punto!).

Por último, quisiera compartir la idea de que la autoexigencia parte de una base equivocada: que la vida es una carrera en la que tenemos que conseguir esta meta determinada o superar este nuevo problema antes de tal o cual día.

Y además, por descontado, la felicidad que es el deseo último de cualquier ser humano nunca se va producir si sentimos que «nada es suficiente». Más bien, vivir lo más cercano a una vida cotidiana sintiendo lo que teneos y lo que somos es suficiente para mejorar y avanzar en nuestro camino personal y profesional.

“Cuando nunca es suficiente”

Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios, con este sentimiento también en nuestra vida espiritual, podemos vernos reflejados en personas de las cuales leemos, que a pesar de haber hecho un compromiso de seguir a Cristo, esos sentimientos de inferioridad, inseguridad y de insuficiencia siguen apareciendo en sus vidas.

Y nos encontramos que el lamento de “No soy suficiente” es una canción que no podemos sacarnos de la cabeza. Estos son mentiras del enemigo que desea tenernos atrapados y mantenernos alejados de Dios.

La etapa más fuerte de este sentimiento se tiene durante la adolescencia, cuando pensamos que estamos en una fe estancada, segura y atorada, al igual que otros creyentes. Nos vemos a través de un filtro de pecados y fracasos pasados en vez de vernos a través de nuestra nueva identidad en Cristo.

Pero también muchas veces ese sentimiento nos acompaña en los años, conforme vamos creciendo y tomando responsabilidades (trabajos, casamientos, hijos, etc), y llegamos a sentir que no estamos a la talla de las otras personas sonrientes de la iglesia.

Por todo ello lo mejor es leer la Palabra de Dios y apropiarse lo que ya tenemos, esos pasajes de la Escritura que nos dicen: Tú eres escogido, amado, bendecido, santo, libre…

Estas verdades que escuchamos, leemos y creemos, pero que también nos sentimos tentados con acusaciones de nuestro enemigo que nos dice “¿Quién te crees? ¿Estas bromeando? Estas cosas pueden ser verdad para algunas personas, pero para ti no lo son».

Pero lo importante es: “¿A quién vas a creer?”. Tal vez tú te encuentras en uno de estos momentos:. ¿Vas a creer a Dios y comenzar a verte como Dios te ve, o vas a continuar creyendo las mentiras del enemigo y los ecos de tu pasado?

Y eso es lo que te animo a que hagas hoy: Deja ir tus inseguridades y acepta tu verdadera identidad, y cree a Dios, porque Su Palabra es suficiente para nuestras vidas.

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