De profesión…
Cuando se acaban los estudios de secundaria, hay quien se descarta por la Universidad, otros por la FP y algunos terminan sus estudios en esa etapa para incorporarse al mundo laboral.
Pero también los que eligieron Universidad o FP, acabarán entrando en el mundo laboral.
Cuando accedemos al mundo laboral, debemos definir cuál será nuestro oficio u oficios si son varios.
El oficio son las labores a las que te dedicarás. La palabra oficio viene del latín que significa officium y este de opificium compuesta de opus (obra), facere (hacer) y el sufijo –io (acción y efecto). Las palabras “oficial, oficina y extraoficial” son derivadas de este concepto.
Hay personas que saben un único oficio, por ejemplo pueden ser mecánico, ingeniero, arquitecto, o cocinero. Si esto es cierto, no es menos cierto que hay personas que logran de manera empírica aplicar varios oficios y de ellos viven, se sustentan, sustentan su familia y logran sus ahorros. Estos pueden pintar y ser ebanista y carpintero al mismo tiempo. Otros pueden ser fontaneros, albañiles y carpinteros al mismo tiempo, seguro que conocerás personas así en tus círculos.
Para realizar ese oficio, necesitas tener habilidades, esas habilidades pueden ser innatas, pero también pueden haber sido aprendidas y perfeccionadas. Pero la habilidad no es el oficio.
Hay diferencia entre habilidad y oficio. Estas subyacen en el hecho de que la habilidad es la capacidad para llevar a cabo una función o hacer una obra bien hecha y el oficio es que tú vivas y sustentes de esa habilidad. Por tal razón, si buena es la habilitada mucho mejor es ejercerla con un propósito definido. Entonces esto es lo que llamamos oficio. Ejercer la habilidad recibida o adquirida como medios de vida y tener propósitos definidos. Al completar esto tendrás un oficio rentable.
Por otro lado es importante ejercer el oficio de manera contante o permanente por diversas razones. Una de ellas es que eres conocido por lo que haces, vivirás de lo que haces, y serás bueno en aquello que haces.
En la vida de todo profesional, siempre llega un momento clave: aquél en el que uno se pregunta a sí mismo por qué dedica más de un tercio de su tiempo vital disponible a desarrollar tareas con valor económico, en un entorno organizado y a cambio de una remuneración. Normalmente, el momento de hacerse esa pregunta llega con la vida activa del profesional ya mediada, pero las nuevas generaciones de trabajadores se lo plantean cada vez más temprano, para desesperación de muchos responsables de Recursos Humanos.
El catálogo de posibles respuestas, todas legítimas, podría ser tan amplio como personas hay, pero las más habituales pueden resumirse en unos pocos grupos:
– El dinero. Es probablemente la fuente más antigua de motivación para que el ser humano se pusiera a trabajar. Una buena posición económica nos ahorra agobios y nos permite centrarnos en resolver problemas más elevados que el cómo pagar las facturas, además de darnos acceso a una vida más confortable. El problema es que también puede ser una trampa: si uno no sabe limitar sus ambiciones, suele ocurrir que lo que uno gana nunca resulte suficiente, y que los nuevos ingresos acaben generando nuevas aspiraciones y necesidades más o menos artificiales. Muchos altos directivos acaban atrapados por la necesidad de mantener un «tren de vida» que afecta a su salud y a su equilibrio espiritual.
– El éxito. Se trata de conseguir el reconocimiento social a través de nuestro éxito profesional. Tener éxito nos hace más atractivos, e incluso podemos llegar a creer que incluso nuestros seres queridos nos aprecian por nuestra capacidad de triunfar en el terreno laboral. Es un error, pero también hay muchos directivos atrapados en la «trampa del éxito», similar a la «trampa del sueldo».
– La satisfacción. Hay quien odia su trabajo, pero también quien lo ama, y disfruta con él. En realidad, el trabajo bien entendido -la capacidad de crear cosas valiosas a través de nuestro esfuerzo- debe ser una fuente de satisfacciones para nuestro ego, y el hecho de sentirnos útiles y productivos forma parte de nuestra realización como personas. También puede motivarnos el colaborar con otras personas, ayudarlas a desarrollar su talento, etcétera.
Todas esas razones son legítimas, y, si las mantenemos en su justa medida, sirven para justificar el esfuerzo diario. Sea cual sea nuestra motivación personal, lo importante es evitar caer en los «pecados capitales» del mundo del trabajo. Por ejemplo:
– no dejar que el afán de mejora económica se convierta en codicia, que perjudique nuestra salud mental y física; o
– que la ambición de alcanzar el éxito nos lleve a jugar sucio y «pisar la cabeza» de los demás, provocando la infelicidad a nuestro alrededor; o
– que la satisfacción que obtenemos del trabajo nos lleve a hacer una «inversión emocional» en nuestra empresa, en detrimento de nuestras relaciones personales o familiares, sin duda mucho más importantes.
En definitiva, hacernos la pregunta para qué trabajamos debería servir para conocernos mejor a nosotros mismos y buscar una vida más equilibrada sabiendo por qué acudimos todas las mañanas a nuestro puesto de trabajo.
Aunque la palabra trabajo proviene de un instrumento de tortura, necesitamos dignificarlo. Trabajar no es necesario solo para sobrevivir, también para tener una realización personal, la satisfacción con uno mismo y la felicidad. Es bueno reconocerlo y decirlo a los jóvenes, en especial, cuando se enfrentan a su primer empleo creyendo que es el final de los buenos días (por supuesto, el mercado laboral y las condiciones a las que se enfrentan son poco alentadoras, pero nos referimos a algo diferente).
Cuando hacemos un trabajo que nos obliga a dar lo mejor de nosotros mismos, es cuando conseguimos la autorrealización y los instantes de felicidad
Lo opuesto al trabajo vendría a ser el ocio, entre otras actividades. El ocio es necesario, pero el trabajo también. El buen trabajo consigue que nos sentimos parte de un proyecto, de un equipo o de un propósito. Y por otra parte, nos ofrece el camino para el aprendizaje y el desarrollo. Ahora bien, para conseguirlo requerimos esfuerzo. Es más, aquellos trabajos que son monótonos, que nos aburren o que no nos implican un desafío tampoco nos motivan.
Cuando hacemos un trabajo que nos absorbe y que nos obliga a dar lo mejor de nosotros mismos, es cuando conseguimos la autorrealización y los instantes de felicidad. Pero, claro, todo ello implica trabajar y esfuerzo. Y es posible que la mala fama del concepto del esfuerzo esté relacionado con nuestra cultura.
En la cultura latina el esfuerzo no tiene tan buen marketing como en la anglosajona. No hace falta más que ver de qué nos jactábamos cuando éramos pequeños: de lograr aprobar un examen sin dar ni golpe. En la prueba teórica de conducir se observa de maravilla: nadie estudia (o casi nadie reconoce haberse esforzado). Se copia en los exámenes y a pocos se le ocurría chivarse al profesor. Desde el colegio en las culturas anglosajonas el trabajo se considera algo serio y se le respeta. Aquí, sin embargo, el que se esfuerza está mal visto por los compañeros (o se le considera el “pringado” del grupo). Todo esto no significa poner por encima de toda nuestra vida el trabajar, trabajar y trabajar, como ocurre en otras culturas, como las asiáticas. Por tanto, el reto es el equilibrio: valorar el ocio y el trabajo como fuentes de felicidad y como algo necesario para ayudarnos a sentirnos bien con nosotros mismos.
En definitiva, está claro que las empresas, los jefes, las condiciones laborales, una necesidad de mejores sueldos y un largo etcétera nos ayudarían a tener trabajos más gratificantes y motivadores. Pero dicho esto, el trabajo en sí mismo también tiene su valor y hay que reconocérselo como camino de desarrollo personal y de felicidad.
De profesión…
Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios, encontramos también que las personas tenían diferentes profesiones a través de los cuales ellos podían vivir.
Si quieres una guía rápida, puedes usar un diccionario bíblico y conocer que oficios y personas que realizaban esos oficios y luego a través de la lectura de la Palabra de Dios, conocerles y conocer lo que Dios tiene que enseñarte a través de sus vidas. Porque la misma Escritura está haciendo su oficio, acercarte a la persona de Jesús de Nazaret para que creas en Él.
El mismo Señor Jesús se da a conocer por medio de diferentes oficios muy bien definidos y que cumplió con el fin de reconciliar al hombre y llevarlo a la especial y santa presencia de Dios
