¿Quién es tu consuelo en esta vida?
Hay ocasiones en las que te sientes triste o afligido estás pasando por un trance complejo y sientes la necesidad de refugiarte en alguien. Entonces llega un abrazo o un simple apretón de manos que parece que tuviera el poder de aliviar tu dolor emocional. El consuelo es un acto que alivia la pena de quien lo recibe y regala una dosis de bienestar a quien lo entrega.
La mayoría pasamos alguna vez por una pérdida importante, una noticia dolorosa, una enfermedad de difícil manejo o alguna situación que nos afecta severamente. Lo último que queremos escuchar son voces que nos piden que lo ignoremos, que le quitemos importancia… Lo que necesitamos son actitudes que nos permitan sentir comprensión y apoyo sin minimizar el sufrimiento.
No existen fórmulas hechas para consolar a una persona que sufre. Cada quien tiene un modo particular de asumir el dolor y, a la vez, esa misma persona no experimenta el sufrimiento de la misma manera frente a todas las circunstancias de la vida.
Una persona afligida, la mayoría de las veces solo quiere que la escuchen. Sin juzgarla y con plena atención. El acto de escucha por sí solo, es la mejor manera de consolar a quien sufre. Saber que alguien está dispuesto a acoger ese sufrimiento sin cuestionarlo, en verdad aligera el dolor.
Otras personas simplemente no quieren hablar de lo que les sucede y lo que buscan es que los demás respeten su silencio. En esos casos, evitar referirse al tema que es motivo de aflicción es una manera de comprender y de acompañar. Seguro, no va a ser interpretado como un gesto indolente, sino todo lo contrario.
Aunque parezca sencillo, saber consolar es importante. No es que haya una fórmula mágica para que el consuelo, pero sí existen una serie de pautas a tener en cuenta a la hora de brindar nuestra ayuda al otro.
– Está permitido llorar – pero hay que buscar distracción y refugio en esas actividades que nos brindan placer y nos hacen olvidar nuestra aflicción. Pasear, leer, pintar… para que nuestro pesar nos abandone.
“El llanto es a veces el modo de expresar las cosas que no pueden decirse con palabras.” -Concepción Arenal-
– Saber escuchar sin juzgar – Hacerles ver y sentir que nos importa, que nos preocupamos por esa persona y que queremos lo mejor para ella.
– Empatía y cercanía – ponerse en el lugar del otro y pensar en qué podemos ayudarle sin necesidad de que nos lo pida, es una manera de transmitirle que no está sola en ese duro momento.
“Mira con los ojos de otro, escucha con los ojos de otro y siente con el corazón de otro.” -Alfred Adler-
– El contacto físico – acariciar, abrazar o coger de la mano de la otra persona mientras escuchamos o nos escucha, refuerza la sensación de cercanía y seguridad.
– El consuelo propio – Desgraciadamente, no siempre encontramos un hombro donde refugiarnos y donde aliviar nuestras penas. En ocasiones, tenemos que enfrentarnos solos a los vaivenes de la vida, es decir, buscar nuestro propio consuelo, buceando en nuestro interior y encontrar dentro de uno mismo los recursos necesarios para superar esta situación.
¿Quién es tu consuelo en esta vida?
En la Palabra de Dios encontramos consuelo para todas las circunstancias de nuestra vida. Un ejemplo de ello es cuando te dan la noticia de que tu hijo está muerto, y como en algunos casos, aún no ha nacido o con pocos días.
Tal fue el caso de David en la pérdida de su primer hijo que murió siete días después del nacimiento (2 Samuel 12:18-20). Hay varias lecciones valiosas que podemos aprender de este pasaje de las Escrituras que pueden ayudar a padres afligidos a afrontar el futuro con esperanza.
David oró fervientemente por la vida de su hijo mientras aún había algo de esperanza (2 Samuel 12:16).
Cuando murió su hijo, David lo aceptó, se levantó de la tierra, y se lavó y se ungió, y cambió sus ropas, y entró a la casa de Jehová, y adoró. Después vino a su casa, y pidió, y le pusieron pan, y comió.» (2 Samuel 12:20).
La capacidad de adorar y honrar a Dios en tiempos de crisis o prueba es una poderosa demostración de nuestra confianza espiritual en nuestro Dios. Hacerlo nos permite aceptar la realidad de nuestra pérdida. Y esto es cómo Dios nos libera para seguir viviendo.
El pensamiento de David era «Mas ahora que ha muerto, ¿para qué he de ayunar? ¿Podré yo hacerle volver? Yo voy a él, mas él no volverá a mí.” (2 Samuel 12:23). David estaba confiando plenamente en que se encontraría con su hijo en el cielo.
Si has pasado por esta situación de perder a tu hijo, quizá aún antes de nacer, te pido que medites en esto:
• No estás solo. Tienes a Dios. Tienes tus hermanos y hermanas en Cristo. Tienes amigos cercanos y familiares. Apóyate en ellos. Están ahí para ayudarte.
• No pongas límites de tiempo en tu recuperación. No esperes que un día pase sin pensar en tu hijo, ni deberías desearlo.
• Habla acerca de tu niño. Es importante que comparta la historia de tu hijo con otros.
• Ten cuidado de ti mismo y de tus otros hijos. También están sufriendo la pérdida de un hermano y la incomodidad adicional de ver a sus padres en duelo.
• Trata de no tomar ninguna decisión importante por lo menos durante el primer año.
• Espera para afrontar las muchas «primeras veces» tras la muerte de un niño — el primer cumpleaños, la primera Navidad, etc. — será doloroso.
Y, por último, Dios ofrece a todos los que están buscando consuelo en sus vidas, sus promesas como esta: «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (Apocalipsis 21:4).
Si te sientes triste o afligido y estás pasando por un trance complejo y sientes la necesidad de refugiarte en alguien, Dios te invita a que le acompañes porque quiere estar contigo y veas de qué forma Él te puede consolar.
