«Tormenta de verano”

Recordando ese tiempo de vacaciones con mi esposa cuando estábamos con nuestra tienda de campaña o en nuestro apartamento en la playa, sentados en la terraza del puerto, admirando el paisaje, tomando una bebida, cuando de pronto empieza a soplar un viento sospechoso, el cielo se encapota y, allá en la lejanía, las nubes comienzan a iluminarse repetidamente por los relámpagos. Lo más probable es que pronto empiece a llover y que nos coja el chaparrón (es verano) sin paraguas, y haya que correr a refugiarse.

Vamos caminando rápido bajo la lluvia, estamos empapados y por eso tampoco nos importa parar un momento y bailar bajo la lluvia, al final llegamos, nos secamos y rápidamente abrimos la tienda de campaña o las ventanas del apartamento para que entre el sonido de la lluvia, y el olor a tierra mojada, y allí comenzamos a experimentar otras sensaciones que son agradables.

Seguro que a ti te ha pasado esto mismo más de una vez.

Que llegue un aguacero se puede saber mirando el cielo o sintiendo un olor muy característico y agradable

Es ese olor a tierra mojada que te rodea mientras en el cielo se van formando esas nubes amenazantes que anuncian la tormenta. Ese olor a tierra mojada lo asociamos a la lluvia. Pero la lluvia, como el líquido de un vaso de agua mineral, no tiene olor. Entonces, ¿qué es lo que olemos exactamente?

No es la lluvia lo que huele, sino la humidificación del suelo, un fenómeno que se lleva estudiando desde por lo menos los años 60 del siglo XX. Este olor se conoce como petricor. Dicho preticor está formado por diferentes aceites vegetales y actinobacterias, componentes de la tierra que renuevan sus nutrientes y descomponen la materia orgánica para que se incorpore a estos.

Entre esos componentes orgánicos que forman el petricor, el que más destaca para generar el olor es la geosmina, un alcohol muy fácil de oler aunque nos encontremos a mucha distancia. Cuando las primeras gotas de agua tras un largo periodo sin lluvias caen, el cóctel está listo para estallar. De hecho, con que tan solo se humedezca el aire, el suelo comienzan también a humedecerse y la geosmina empieza su proceso de formación.

Al caer la lluvia al suelo, la geosmina y otras partes del petricor se disuelven con el agua y son transportadas por el viento. Cuando más llueva más fácilmente se difunde el petricor y antes sabe la gente que la lluvia se está aproximando o que ha llovido cerca, aunque el chaparrón no llegue hasta nosotros.

Una vez deja de llover, el petricor desaparece conforme el suelo se seca, en espera de que caiga otra buena tromba de agua. Si ha habido actividad eléctrica también se habrá podido sentir el olor del ozono, por lo que recibiremos una fragancia más fuerte y también característica. Eso sí, debido a la complejidad del petricor, con más de 50 componentes, todavía no se ha sintetizado; por ello, tendremos que esperar a la próxima lluvia para volver a deleitarnos con su inconfundible y amado olor. Quizá no sea casualidad que petricor venga del griego ‘icór’, el elixir que corría por las venas de los todopoderosos dioses.

Cada día estamos en contacto con cientos de aromas y olores que despiertan en nosotros un extraño placer. Nos cautivan, y a la vez se hienden en nuestra memoria como un enclave que despierta en nosotros agradables sensaciones.

Sin embargo, hay algunos que nos gustan más que otros. De hecho, muchas personas comparten el gusto por el olor a libro nuevo, así como por el aroma a pan recién horneado, el olor de la hierba recién cortada, el las sábanas limpias, el cloro de la piscina en verano, el chocolate que nos preparaban nuestros abuelas o el olor de nuestros lápices nuevos cuando empezábamos el colegio, el olor a tierra mojada, son rincones privilegiados donde esas fragancias se entremezclan a menudo con gratos recuerdos.

Entre todas esas fragancias hay una que las supera a todas, el olor a tierra mojada, el más embriagador del mundo, o mejor dicho: el petrichor, que con la lluvia tiene el inusitado poder de relajar nuestros sentidos y nuestras mentes, renueva la atmósfera, arranca destellos de colores a nuestras aburridas ciudades y nos invita a menudo a esa introspección serena, casi mágica donde tomar contacto con nosotros mismos a través de las gotas de lluvia.

La lluvia tiene mucho que ver con los sentidos y, en especial, con nuestra corteza olfativa y con ese vínculo casi mágico que tiene dicha estructura con el sistema límbico y el hipotálamo, áreas relacionadas con la memoria emocional.

Todos somos conscientes de que el clima influye en nuestro estado de ánimo. A la mayoría nos encantan los días de sol, esos donde la piel agradece tal tibieza y nuestra mente tanta luminosidad. Algo que todos sabemos es que desde siempre, la luz se vincula con lo positivo, mientras que las nubes y esa penumbra plúmbea que suele acompañar a la lluvia, se ve con temor, incomodidad y negativismo.

Todo tiene que ver con la relación entre la melatonina y al serotonina. La luz del sol mejora la neurotransmisión y el ánimo gracias a ese incremento natural de dicho neurotransmisor, la serotonina.

La lluvia no solo moja, también pinta el cielo de arco iris.

Sin embargo, la lluvia tiene en muchas personas un efecto diferente que se ajusta mucho a determinados patrones de personalidad. Los perfiles más introspectivos, por ejemplo, suelen deleitarse en mayor grado de esos instantes de recogimiento, ahí donde recostar la cabeza en la ventana para ver cómo las ciudades se visten de singulares matices, semejantes a un lienzo impresionista.

A su vez, y como dato curioso, muchas personas con un alto nivel de ansiedad pueden hallar cierto descanso sensorial con el efecto de la lluvia. El sonido de las gotas al caer genera un “ruido blanco”, ese sonido constante y de ondas sonoras apaciguadoras que para muchos, es algo verdaderamente terapéutico.

Permite que pasen a nuestras consciencias esos instantes vividos con olor a infancia, con la fragancia casi salvaje de esa tormenta de verano donde corríamos después de una tarde en la feria o de una noche en la playa. Por tanto, la lluvia también es hermosa y, por curioso que parezca, también cura, también alivia y nos invita a conciliarnos con la tierra que pisamos.

De hecho, el estímulo sonoro de la lluvia reduce hasta en un 23% la agitación de los ancianos en las residencias, y esto es así porque el sonido de la lluvia tiene un tintineo inconfundible, rítmico y sosegado que resuena en los cristales de nuestras ventanas y en los pavimentos de las calles. Es la melodía del cielo cuando se enfada, de la naturaleza cuando se renueva y es ante todo, esa frecuencia evocadora que calma nuestro cerebro con su efecto indescriptible, el mismo que facilita nuestro descanso o despierta nuestra imaginación.

De algún modo, todo lo acuático, todo aquello que tenga que ver con el agua despierta nuestros sentidos y fascinación. Aunque no todos se sienten cómodos ni seguros cuando el cielo se pavimenta de nubes, la luz se vuelve cenicienta y todo queda desdibujado bajo la presencia de una tormenta. Pero los datos están ahí y descubrimos que, a la hora de relajarnos, nos encanta escuchar el sonido de la lluvia.

Te puedo dejar 15 minutos de sonido de lluvia, pero no puedo dejarte el olor a tierra mojada.

Que esto sea así, que ese tipo de candencia, de ritmo de auditivo, produzca ese efecto en nuestro cerebro y nuestra mente se debe por un lado al estrépito de las olas del mar rompiendo en las rocas, un río que fluye, la lluvia que cae… Son muchas las personas que experimentan una sensación placentera cuando escuchan este tipo de sonidos acuosos. Ahora bien, más que placer o calma, lo que diría un neurólogo es que lo que percibimos es una sensación de “no amenaza”.

Es muy posible que más de uno de nuestros lectores se sienta sorprendido al conocer este dato. Los fenómenos naturales asociados al agua no están precisamente exentos de peligro para nosotros, lo sabemos.

El mar, con su fuerza ocasiona desastres, al igual que la lluvia. Sin embargo, se trata de centrarnos en exclusiva en los sonidos que evocan estos elementos: son rítmicos, siguen un intervalo repetitivo y se sitúan en ese umbral de decibelios donde nuestro cerebro entra en un estado de calma.

Por su parte, todo estímulo auditivo que supere los 70 decibelios y que aparezca de improviso o muestre cierta irregularidad, será interpretado por nuestras estructuras cerebrales como una amenaza. Esto mismo es en lo que concluyó la Universidad Estatal de Pensilvania en un estudio realizado en el 2012. Las personas estamos biológicamente preparadas para reaccionar ante los sonidos inesperados, ante gritos y estímulos auditivos estridentes.

Todo ello explica por qué el sonido irregular del tráfico, las personas que elevan la voz o toda esa gama de ruidos que habitan en la selva de nuestras ciudades nos generan estrés y agotamiento psicológico. Nuestro cerebro necesita armonía ambiental y ese equilibrio acústico -uniforme en sus frecuencias- genera calma. Solo entonces nos gratifica con endorfinas, solo entonces nos aporta ese bienestar idóneo para descansar o incluso entrar en un plácido estado de introspección.

Son muchas las personas que escuchan el sonido de la lluvia para conciliar el sueño. Si nuestro insomnio es ocasional y asociado sobre todo al estrés, es muy recomendable hacer uso de este tipo de recursos.

Cuando llevamos una vida con muchas presiones, estrés y ansiedad, hay ciertas áreas cerebrales que siempre están “alerta” y a la defensiva. Lo que conseguimos con el sonido de la lluvia es tener una especie de camuflaje. Es ofrecerle al cerebro algo que le genera sensación de control, una pauta acústica repetitiva donde convencerle de que no hay amenazas externas. De que todo está en calma.

En un mundo colapsado hasta el extremo por estímulos inesperados, nuestro cerebro necesita instantes donde todo sea predecible. Momentos donde nada nos interrumpa, donde la vida se limita a fluir, a quedar contenida en un tiempo perfecto de armonía y equilibrio. El sonido de la

lluvia lo consigue, la naturaleza y sus fenómenos nos ponen en contacto con nuestras raíces y esencias, nos llevan a ese rincón privado donde limitarnos a ser y a estar.

“Tormenta de verano”

Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios, encontramos que la lluvia representa la Bendición de Dios sobre una nación, una ciudad o un individuo:

Ezequiel 34:26-27 “Y daré bendición a ellas y a los alrededores de mi collado, y haré descender la lluvia en su tiempo; lluvias de bendición serán. Y el árbol del campo dará su fruto, y la tierra dará su fruto, y estarán sobre su tierra con seguridad; y sabrán que yo soy Jehová, cuando rompa las coyundas de su yugo, y los libre de mano de los que se sirven de ellos.”

La lluvia también representa una de las bendiciones por la obediencia a la Palabra de Dios y representaba la abundancia y prosperidad que Dios da a su pueblo.

Deuteronomio 28:12 “Te abrirá Jehová su buen tesoro, el cielo, para enviar la lluvia a tu tierra en su tiempo, y para bendecir toda obra de tus manos. Y prestarás a muchas naciones, y tú no pedirás prestado.”

En los tiempos bíblicos casi todos se dedicaban a la agricultura, por esa razón la lluvia era muy importante para tener buenas cosechas o campos ricos en pastos para el ganado, buenas cosechas representaban mayor prosperidad, más estabilidad y dominio sobre la tierra. Aun en la actualidad, la agricultura tiene un gran porcentaje en el producto interno bruto de muchos países y eso significa que ese país tendrá más ingresos, mejores escuelas, mejor sistema de salud, etc.

Así que la próxima vez que llueva, levanta tus manos al cielo y di: “Gracias Señor por tu bendición! Bendice mi tierra, bendice mi familia, bendice mi vida!”

Ahora te invito a conocer más de la lluvia en la Palabra de Dios.

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