Lo esencial en tu vida
¿Qué es para ti esencial en tu vida? ¿Tu familia, tu trabajo, tus aficiones, tus estudios, tus amigos…? Todos disponemos de ese algo que es verdaderamente importante para nosotros, nuestra verdadera esencia. El resto, es simplemente superficial. Pero hay que saber reconocerlo.
En ocasiones, las personas nos rodeamos de cosas artificiales, y no solo eso, sino que es posible que hasta nosotros mismos nos hayamos convertido, desgraciadamente, “en seres artificiales”. ¿Cómo evitarlo entonces? ¿Cómo volver a nuestra esencia?
Como decía Ernet Hemingway: “El secreto de la sabiduría, del poder y del conocimiento es la humildad.”
Ahondando un poco en el significado de la palabra “humildad”. La etimología nos dice que humildad procede de “humus”, es decir, aquello que se desprende de la naturaleza y que a su vez la fertiliza y la hace crecer. La humildad sería pues “lo esencial”.
Hay quien dice que la humildad consiste en callar nuestras virtudes y permitir a los demás descubrirlas por sí mismos. Es cierto, pero la dimensión de la humildad va mucho más allá. Practicar la humildad y, por tanto ser humilde, se trataría en primer lugar de una sencilla invitación a ver nuestras limitaciones y saber reconocerlas con el objetivo de aprender.
Por ejemplo, primero hemos de asumir nuestro desconocimiento mediante el cual asentar esos nuevos aprendizajes, esas nuevas experiencias. Si aceptamos nuestros límites tomaremos conciencia de todo aquello que nos queda por hacer o aprender. Quien cree que ya lo sabe todo no irá más allá, la soberbia engulle a la humildad y origina personas engreídas a la vez que resentidas.
Ser humilde no es ser débil o ingenuo, al contrario, nos aporta lucidez y una fuerza particular para ver las cosas en toda su realidad.
Bien es cierto que en ocasiones puede ser complicado llegar a ver cuál es la verdadera esencia, el verdadero “humus” de nuestras vidas. Estamos llenos de obligaciones, de presiones laborales, de proyectos que cumplir, de personas ante las que responder y no defraudar…
En ocasiones nos sumergimos en una pequeña vorágine de dimensiones donde es complicado entrever lo que de verdad nos aporta la felicidad. Pero es aquí donde empieza la humildad: comprendiendo qué es importante por encima del resto de artificios.
Tu bienestar, tu familia y tú seréis siempre lo más importante. La humildad debe practicarse cada día, y el mejor modo de hacerlo es mediante unas sencillas preguntas: ¿Qué es lo que me hace verdaderamente feliz? ¿Qué es lo que no desearía perder? ¿Qué es lo que podría hacer para conseguir o mantener aquello que quiero?
Las personas humildes no se vanaglorian de sus éxitos. Practicar la humildad es un ejercicio diario que se mueve con la responsabilidad de hacer las cosas bien, de comprometerse, de hacer lo que toca y lo que es necesario, con autenticidad.
Las cosas pequeñas son las que tejen los actos verdaderamente importantes, esos códigos sencillos que tanto nos aportan: una sonrisa, una palabra, un gesto de empatía… códigos que no se compran, sino que salen desde lo más profundo de nuestro ser; aspectos que se instalan en nuestra memoria y que nos aportan la verdadera felicidad.
Saber escuchar, saber entender los silencios, ser receptivos, cercanos, cómplices y sinceros, son características que definen a las personas humildes. Esas que tanta confianza nos aportan y donde deberemos buscar a los verdaderos amigos.
El valor de la humildad no requiere objetos materiales, las dimensiones “intangibles” son casi siempre las que nos aportan verdadero bienestar, verdadera felicidad. Y es aquí donde reside la verdadera calidad de vida… en las cosas sencillas. En el “humus” de nuestra esencia, ahí donde logramos desprendernos de todo lo que es superficial. ¿Qué tal si lo ponemos en práctica?
Prácticamente todas las naciones tienen relatos que narran la vida de personas humildes y trabajadoras que se esfuerzan por mejorar algún aspecto de la sociedad, aunque para ello exageren. En todo caso, está claro que se trata de un valor que suele ser promocionado para intentar que todo el mundo se contagie de él.
Sin embargo, las personas humildes no son la norma, sino la excepción; la mayor parte de la gente no destaca en esta característica, del mismo modo en el que la mayoría no se caracteriza por ser todo lo contrario, narcisista y presumida.
El hecho de decantarse por la humildad aporta ventajas positivas para la sociedad, pero para quien practica este hábito no siempre es una dinámica de comportamiento que le reporte beneficios personales; esto depende mucho del contexto.
En parte por esto, y porque en una cultura dominada por el individualismo y la lógica del marketing personal vende más comunicar que hacer algo digno de ser comunicado, las personas humildes no son lo más habitual, si bien tampoco son de una rareza absoluta. Veamos pues cuáles son las características de personalidad que nos ayudan a reconocerlas.
1. Le otorgan valor al trabajo duro
Las personas humildes están mentalizadas de que la mayoría de situaciones de la vida, a no ser que se forme parte de una minoría privilegiada, requieren de trabajo duro para poder vivir dignamente y ayudar a que los demás también lo hagan.
Por eso, valoran muy positivamente el valor del esfuerzo y del trabajo duro, y desde luego no se burlan de quien decide sacrificar varios aspectos de su día a día para impulsar proyectos ambiciosos y difíciles (una carrera universitaria complicada, una trayectoria profesional muy especializada y en la que compiten muchas personas, etc.).
2. No encuentran placer en superar a los demás
Una persona humilde no tiene por qué rechazar por completo situaciones en las que se participe en una dinámica de competición, como por ejemplo en unas oposiciones o en un concurso de proyectos para recibir una beca.
Sin embargo, tampoco experimenta placer ante la experiencia de superar en algo a una persona o grupo, dado que su autoestima no depende de las comparaciones obsesivas con los demás.
Es decir, no se involucran emocionalmente en la competición en sí, sino en el desarrollo del producto de calidad que como consecuencia les puede ayudar a destacar en una competición. Si acaso, encuentra motivación en superarse a uno mismo, yendo más allá de lo que creía que no podía hacer.
3. Pueden tolerar mejor la falta de atención
Las personas humildes pueden ser tanto introvertidas como extravertidas (es decir, más o menos inclinadas hacia la introspección, por un lado, o a la búsqueda de estímulos externos, por el otro), pero en cualquier caso se resienten menos ante la experiencia de no recibir mucha atención por parte de los demás.
Esto es algo relativo, dado que todo el mundo requiere de ser reconocida por sus iguales, pero como este tipo de personas no siente la necesidad de ir recibiendo validación por parte de terceros de manera constante, una cierta soledad en este aspecto no les genera tanto malestar.
4. Ceden menos ante los prejuicios
Es prácticamente imposible no haber caído nunca en un prejuicio, pero las personas humildes lo tienen más fácil porque de manera espontánea pocas veces encuentran motivos para valorar negativamente a otras personas sin tener un motivo concreto y racional para ello.
Por ejemplo, es menos probable que una persona humilde haga valoraciones negativas sobre el hecho de que otro individuo tiene poco dinero, dado que el clasismo está injustificado.
5. Dan una importancia relativa a sus virtudes
Las personas humildes no tienen la autoestima inflada, entre otras cosas porque aunque su capacidad a la hora de esforzarse en algo las pueda hacer sobresalir, eso para ellas no define todo su valor global como seres humanos.
Allí donde otros creerían que están por encima de los demás por el hecho de ser deportistas de élite o autoridades reconocidas en algún ámbito académico, las personas humildes simplemente ven lo que hay: una habilidad que se les da bien, combinada con factores externos que no pueden controlar del todo: la suerte, la ayuda de los demás, etc. Sin embargo, no se debe confundir esto con la baja autoestima, que se da cuando hay una tendencia a asumir que todo lo malo es responsabilidad de uno mismo y todo lo bueno viene dado por la suerte.
Quisiera compartirte algunos beneficios de desarrollar la humildad:
– Serás más feliz. Una persona humilde reconoce sus puntos fuertes sin alardear y aprecia todo lo bueno que tiene y se valora, luego no sentirá, entre otras cosas, la envidia de otras personas.
– La humildad te lleva a triunfar en la vida. La humildad produce prudencia, la cual es muy necesaria para lograr éxitos en la vida. Además, busca la excelencia y minimiza los fracasos, lo que facilita el obtener mejores resultados.
– Tendrás más gestión emocional. La humildad genera bienestar y tranquilidad, el orgullo en cambio, trae enfados, malhumor y enfrentamientos, por eso con la humildad se mejoran las relaciones con los seres queridos y con los demás.
– Manejarás mejor un proceso de negociación. Como ya te he comentado el orgullo no tiene límites, en cambio, la humildad te lleva a saber elegir el momento en el cual participar, en saber callar a tiempo o elegir el momento más óptimo para hacer un cierre.
– Estarás más abierto a la mejora continua y al crecimiento. El humilde conoce y acepta sus limitaciones, luego habrá más apertura para el aprendizaje, logrando un mayor progreso y un próspero futuro.
– Te valorarás y valorarás a los demás. Cuando se actúa con humildad y no nos creemos seres superiores reconocemos que no somos perfectos y aceptará los errores propios y ajenos, luego aceptamos que nos podemos equivocar, ya que se elimina el miedo a sentir que uno no vale. Además, un humilde tiende a perdonar a los otros más fácilmente.
Recuerda “llega tan lejos para que quieran alcanzarte y tan humilde para que quieran estar a tu lado”.
Ahora viene esa pregunta temida: ¿qué vas a hacer para mejorar tu humildad? ¿Cuándo vas a empezar a hacerlo?
¡Tú puedes, puedes lograr lo que te propongas, además, te lo mereces!
Lo esencial en tu vida
Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios, encontramos lo que es esencial en nuestra vida, y es cuando el Señor Jesús nos dice en Mateo 11:29 “ Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;”
El mismo Señor Jesús nos enseña lo que era esencial en su vida y lo que es esencial en la nuestra, la mansedumbre y la humildad de corazón.
Y el único sitio en donde poder aprender la lección y ponerla en práctica es viéndole a Él.
